lunes, 23 de marzo de 2026

La Memoria está en el presente, acompañando todo el camino

La Memoria es colectiva porque la palabra es colectiva.

Cuando dice, la palabra es colectiva. Cuando silencia, también. Porque nadie recuerda ni olvida solo. Así, la palabra es colectiva cuando dice y cuando calla. El silencio también es colectivo porque cuando uno calla hace falta que otros callen.

Hacer Memoria es recuperar la palabra que dice.

Nací a cuatro cuadras de la Plaza Italia en la ciudad de Buenos Aires. A cuatro cuadras del predio que la Sociedad Rural se apropió hace ya tantos años que casi nadie lo recuerda. Ese mismo predio cuyo pabellón principal se llama Martínez de Hoz. No habían pasado cinco años cuando me mudé al barrio de Belgrano. A un edificio recién construido sobre la avenida Federico Lacroze, el pariente de Amalia Lacroze de Fortabat, la dueña de la cementera más grande de Olavarría, la ciudad donde se apropiaron de Ignacio Carlotto, el nieto de Estela, el hijo de Laura.

Comencé el jardín de infantes en un colegio inglés a dos cuadras de Las Heras y Coronel Díaz, donde ahora se va a tomar sol a un parque y ya casi nadie recuerda que fue una penitenciaría. Hice el final de mi preescolar, mi primaria y mi secundaria en un colegio religioso, propiedad de los hermanos maristas, donde a los actos escolares iban los militares, los comisarios, los granaderos ponían la música y servían el chocolate los días patrios, donde iban los hijos de los abogados, los contadores, los escribanos, los economistas y los industriales que defendían la dictadura por esos días de marzo de 1976 y aún después de caída en diciembre de 1983, donde el director del secundario admiraba a Alfredo Astiz, y el capellán, porque la escuela tenía capellán, era al mismo tiempo capellán de la policía federal.

Jugábamos al poliladrón con el hijo del comisario. En los principios de la dictadura, jugábamos en la terraza del edificio del departamento donde vivía la familia del comisario en el centro comercial de Belgrano. Los últimos poliladrón que jugamos con él fueron en una casa de dos pisos con terraza y quincho entre Coghlan y Belgrano R a la que se habían mudado el comisario con su familia, a unas cuadras de San Patricio, la parroquia de los Padres Palotinos asesinados en 1976.

Pasaba mis vacaciones de tres meses entre diciembre y marzo y esa quincena de julio que todos los pibes y pibas esperan con ansias porque no van a clases, entre Pinamar —donde la avenida principal se llama Bunge— y Mar del Plata donde todos llegaban a la ciudad por Luro, el pariente de Bullrich y Pueyrredón, iban a las playas por Martínez de Hoz y comían en la peatonal Rivadavia, el que tomó el primer endeudamiento fraudulento de la historia argentina. Cursé Comunicación Social para ser periodista en la Universidad del Salvador, la universidad privada que le dio un honoris causa a Emilio Eduardo Massera, la que dependía de Jorge Bergoglio cuando era provincial de los jesuitas muchísimo antes de llegar a ser Papa y cambiarse el nombre por el de Francisco. En esa misma universidad en la que miraban mal a quien hablara del divorcio o el aborto.

¿Y por qué cuento todo esto? Porque de ahí vengo. De esos lugares donde suelen esconder las palabras, suelen esconder sus significados más dulces, generosos y poéticos y las hacen decir lo que no decían. Y se las apropian.

Recién conocí a las Madres allá por 1984, cuando después de ver por la tele —que nunca antes había hablado de ellas—, a esas mujeres con un pañuelo blanco que antes fue pañal con los nombres de sus hijos en la cabeza en ronda alrededor de la Plaza de Mayo cada jueves a la siesta, fui caminando solo sin decirle a nadie a dar vueltas a la pirámide con ellas, en silencio y al costadito, que fue la forma más respetuosa que se me ocurrió. Acababa de cumplir mis 18, lo que llamaban la mayoría de edad, pero seguía siendo un niño que caminaba en puntas de pie, porque me daba miedo pisar los pañuelos, igual que ahora, esos pañuelos que para mí siguen siendo hoy los pañuelos de la memoria, los pañuelos de la memoria colectiva. Fue en aquella primera ronda mía donde compré ese ejemplar de Nuestros Hijos que me acompaña aún hoy a mis recién cumplidos 60.

Cuando las Madres, primero, y luego las Abuelas y los Familiares iniciaron sus búsquedas, las comenzaron preguntando. Supieron por personas que les contaron lo que ellos sí sabían. Por partes, fragmentado. Pero sabían. Y también supieron por personas que las y los engañaron, les mintieron, y les ocultaron.

¿Y cómo fue ese empezar a preguntar y a preguntarse sobre todo aquello que no sabían?

Las Madres lo ponen en palabras en el Prólogo de Nuestros Hijos:

Empezar a mirarnos en un espejo que reflejaba el horror, fue comenzar a ver esa otra mujer que, acorralada entre la angustia y la impotencia, teníamos frente a frente en cada minuto de nuestra búsqueda incesante.

Y preguntarnos: ¿cómo puede estar ella acá parada, expectante, como la semana anterior, como hace dos, tres o cuatro meses? pensando que una no podría soportarlo. Así fueron las primeras reacciones ante la evidencia de la monstruosidad que veíamos crecer, que muy pocos quisieron ver, que muchos contribuyeron a acrecentar. (Madres de Plaza de Mayo, 1987: pág. 7)

La Memoria es colectiva porque la palabra es colectiva.

Cuando las Madres, primero, y las Abuelas, después, comenzaron la búsqueda de sus hijas e hijos y sus nietas y nietos lo hicieron preguntando.

¿Dónde están?

¿Quiénes se los llevaron?

¿Por qué se los llevaron?

¿Cuándo se los llevaron?

¿De dónde se los llevaron?

La pregunta es colectiva porque se siempre se pregunta con otros, buscando saber algo que no se sabe con otros que sí.

La pregunta es, tal vez, el primer habilitador. La Memoria como construcción colectiva es alguien que asume el “no sé” y lo comparte y lo pone en común para ver, para saber qué es lo que sí saben otros.

Dice Eduardo Jozami, en el Prólogo que titula “Las marcas de la dictadura” al inicio de Prohibido vivir aquí, un libro de Eduardo Blaustein sobre los planes de erradicación de villas de la última dictadura:

No es posible entender lo ocurrido desde 1976 sin referencias a ese drástico proyecto de reestructuración de la sociedad: las modalidades de la dictadura no se explican solo por la ferocidad de algunos represores. En relación con el genocidio nazi se ha hablado de ‘matanzas administrativas’ para enfatizar que fue necesaria una organización burocrática integrada por miles de personas. Cualquier explicación centrada en la responsabilidad de unos pocos jefes militares resulta aún menos aceptable en la Argentina donde a la cabeza del golpe no nos encontramos con el perfil demoníaco de Adolf Hitler sino con un personaje tan oscuro como el general Videla. (Jozami, en Blaustein, 2001: pág. 7)

Alicia Olivera, nació en San Fernando, al norte en el conurbano bonaerense en 1942, tres años antes del 17 de octubre que pasaría a la historia como el día de la lealtad. Fue la menor de tres hermanos. En 1973 asume como Jueza Correccional de Menores en la ciudad de Buenos Aires. Tres años después, con la llegada del golpe, es despedida. En 1979 acompaña la presentación del documento que el Partido Justicialista entrega ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. Luego forma parte del CELS, que fundara Emilio Fermín Mignone. Entre 1976 y 1982 es la abogada que más recursos de habeas corpus presenta en la ciudad de Buenos Aires. Alicia Olivera decía entonces que todos los Estados escriben. Por eso buscaba el registro de la verdad y el horror de la dictadura en los pliegues de sus textos. En sus habeas corpus y en sus respuestas a las denuncias internacionales de los organismos de derechos humanos. “Todos los Estados escriben”. Hay ahí en esa frase un registro de Memoria Colectiva puesto en palabra.

Emilio Fermín Mignone nació en Luján en 1922. Fue funcionario del gobierno bonaerense durante la primera presidencia de Juan Domingo Perón entre 1946 y 1952 y viceministro de Educación de la dictadura de Juan Carlos Onganía entre 1966 y 1972. Fue un abogado militante católico. Estaba casado con Ángela Sosa. La dictadura militar secuestró y desapareció a su hija Mónica que hacía trabajo de base en villas miseria. Ángela fue de las fundadoras de Madres de Plaza de Mayo. Emilio fundó el Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS) a raíz de eso. Desde allí, Alicia Olivera, Luis Zamora, Marcelo Parrilli, presentaban habeas corpus preguntándole al poder judicial del terrorismo de Estado ¿Dónde están? por muchos hijos e hijas.

El 14 de mayo de 1976, a las cinco de la mañana, un grupo de hombres fuertemente armados arrancó de nuestro hogar, ubicado en la avenida Santa Fe 2949, 3 A, en Buenos Aires, a mi hija Mónica, entonces de 24 años. Nunca más tuvimos noticias de ella. Mónica pasó a integrar la nómina de los millares de detenidos-desaparecidos.

Desde el primer momento mi señora y yo tuvimos la certeza que se trataba de un procedimiento regular, ejecutado por personal de las fuerzas armadas. Las razones para esa conclusión están expuestas en las declaraciones que he prestado en la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la OEA, en la Comisión Nacional sobre Desaparición de Personas y en la causa contra los integrantes de las tres primeras juntas militares, tramitado ante la Cámara Nacional de Apelaciones en lo Criminal y Correccional Federal de la Capital Federal.

A partir de esa infausta madrugada de mayo, iniciamos desesperadas gestiones ante todo género de autoridades con el fin de obtener alguna noticia sobre Mónica. Lo mismo hicieron las familias de seis de sus amigos, que ese mismo día fueron privados de su libertad.

En el curso de los trámites nunca aceptamos las explicaciones que entonces esgrimían, arguyendo que las desapariciones eran ajenas al gobierno de las fuerzas armadas. Desde el primer momento sostuvimos, privada y públicamente, la responsabilidad de estas. Y pronto comprendimos que el método de hacer desaparecer a los disidentes políticos ‘en la noche y en la niebla’, formaba parte de un sistema represivo fríamente concebido y ejecutado.

El grueso de la población estaba confundido y desconcertado. Sin embargo, los integrantes de sectores informados de la sociedad argentina —militares, altos funcionarios, diplomáticos, dirigentes políticos, sociales, financieros, empresarios y sindicales, periodistas, obispos— tenían conocimiento cabal de lo que estaba ocurriendo. Y muchos de ellos lo justificaban, lo aplaudían y aún cooperaban con esa acción. (Mignone, 1986: págs. 15-16)

Las Madres publicaron muchos textos, conocedoras de que la palabra es colectiva y es Memoria. De todos esos textos hay tres que son centrales. El Periódico donde contaban sobre el cotidiano de sus búsquedas, sus rondas, sus viajes y las diferentes formas de la Memoria, la Verdad y la Justicia. El libro Nuestros Hijos (1987) donde contaban quiénes eran cada uno de ellos. Y Como los nazis, como en Vietnam (1987) donde contaban el derrotero de los represores. Atrás de la mayoría de esos textos, en su escritura y en la búsqueda de testimonios, estaba Alipio Paoletti.

Alipio Paoletti murió en diciembre de 1986, a los cincuenta años. Había sido director y fundador del periódico El Independiente, de La Rioja. Durante la dictadura se exilió en España. Cuando volvió quiso recuperar el periódico, pero no pudo. Porque le habían falsificado la firma de renuncia. Murió días antes de que Como los nazis como en Vietnam saliera de imprenta. Sobre él dijo Hebe de Bonafini:

Estoy convencida que todo el proceso del ‘Punto Final’ lo fue matando. Su corazón era muy grande, pero muy tierno, y por tierno no pudo resistir tanta injusticia. Cada vez que el gobierno anunciaba algo que nos llevaba al ‘Punto Final’, a Tito Paoletti se le abría una nueva herida en ese tierno corazón de hombre fuerte y grande que supo unir la militancia con el amor, con la ternura y el afecto, que nunca deben separarse. El político que separa la vida diaria y el amor de la política, termina traicionando el mandato del pueblo. Tito era de los que nunca traicionan. (Hebe de Bonafini, en Paoletti, 1996 [1987])

A veces el corazón se parte.

A veces el cuerpo no llega.

Pero la Memoria es colectiva.

Como la Palabra.

Y siempre alguien sigue el camino y continúa la búsqueda.

No hay problema mayor en la sociedad argentina que la respuesta a la pregunta: ¿Dónde están los desaparecidos? Ni cobardía y complicidad más humillante que buscar excusas. O proponer que el olvido tape la memoria y reclamar en nombre de la ‘unidad nacional’, la reconciliación entre víctimas y victimarios, como algunos desfachatados se atreven a sostener.

Si el pueblo argentino acepta los desvíos, las chicanas jurídicas, la solidaridad irrestricta de las clases dominantes con los genocidas; si no coloca el tema de los desaparecidos en el centro de su actividad política; si los partidos populares y los sindicatos con direcciones democráticas no incluyen en sus programas el castigo a los asesinos, no serán ni la dictadura, ni el gobierno, ni siquiera la oligarquía las que pongan ‘punto final’. Desgraciadamente —y malos años aguardarán entonces a nuestra patria— serán la pasividad popular y la complacencia de los dirigentes las que conviertan la impunidad actual en elemento histórico.

La cuestión del genocidio divide a la sociedad en dos bloques nítidos: por un lado quienes reclamamos justicia; enfrente, los represores y quienes, conscientemente o no, sirven a su prepotencia.

El coraje civil de las Madres de Plaza de Mayo muestra un camino. No es fácil ni cómodo. Es digno. Y la vida no tiene sentido sin dignidad, sin justicia, sin libertad, sin amor. Las Madres ya nos han enseñado que vivir es luchar. Y luchar es soñar. (Paoletti, 1996 [1987])

Adelina Ethel Dematti de Alaye nació en Chivilcoy, en la provincia de Buenos Aires en 1927, tres años antes del primer golpe militar en Argentina. Se recibió de maestra en 1946 y de docente preescolar en 1950 durante el primer gobierno peronista. Fue docente y directora de jardines de infantes en distintas ciudades de la provincia de Buenos Aires. El 5 de mayo de 1977 la dictadura secuestra a su hijo Carlos Esteban. Participa de la fundación de Madres de Plaza de Mayo y de Madres La Plata. Luego, de la Comisión Provincial por la Memoria y de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos-La Plata. Madre Fotógrafa la llamaban. Es que registró las primeras rondas de las Madres, y todos aquellos indicios que pudieran llevar a encontrar a su hijo y al resto de los hijos e hijas desaparecidos. Así fue como se acercó al cementerio de La Plata y a las actas de defunción que redactaban los médicos forenses de la policía bonaerense, y reconstruyó la Memoria Colectiva en los archivos médicos adulterados de la morgue policial de la Provincia de Buenos Aires que escondían sus crímenes llamándolos enfrentamientos y omitía identidades llamándolas NN. Ningún Nombre, NN. Y entre la maraña de toda aquella escritura de la Maquinaria del Olvido reescribió los partes que describían enfrentamientos para poder reconstruir los fusilamientos. Con su labor de reconstrucción, a los partes que hablaban de NN pudo ponerles nombres e identidades. Dice Pilar Calveiro:

Los NN no son el epílogo sino uno de los capítulos centrales de esta historia. Si el eje de la política represiva fue la desaparición, precisamente para que ‘no se supiera’, una de las formas de consumarla fueron las técnicas de desaparición y desintegración de los cuerpos.

Pero los entierros de NN son parte de la prueba, de los restos humanos que dan testimonio de que los desaparecidos no se esfumaron sino que fueron ultimados. Esqueletos que se pueden identificar y permiten reconstruir una historia, de una persona con nombre y apellido, que desapareció un día determinado de un lugar específico y cuyo cadáver se encuentra con un cierto número de impactos de bala que provocaron su muerte. Los restos de NN son la prueba del delito y donde hay delito hay delincuente; es decir, los restos remiten a la conciencia colectiva, sorteando la amnesia, hacia los campos de concentración en tanto delito instituido, en tanto servicio público criminal que reclama un castigo. (Calveiro, 2008)

“Los huesos son buenos testigos. Pueden hablar en voz baja, pero no mienten y nunca olvidan”, decía Clyde Snow.

Clyde Snow nació en 1928 en Estados Unidos de Norteamérica, dos años antes de la depresión económica mundial. En 1984 llegó a la Argentina invitado por las Abuelas de Plaza de Mayo, cuando se buscaban cuerpos excavando en cementerios con topadoras y destruyendo pruebas. Snow creó el Equipo Argentino de Antropología Forense con siete estudiantes de antropología de la Universidad Nacional de La Plata. Snow y su equipo argentino fue el que empezó a ponerle historias y palabras a esos huesos que guardaban registro del genocidio de la dictadura. Juntaron relatos de testigos con fichas médicas, con actas oficiales de entierros para reconstruir historias, devolver identidades y permitir duelos que hasta entonces no podían ser. Transformó esos huesos en palabras colectivas que recuperaron Memoria.

Años después, las Abuelas de Plaza de Mayo pusieron la piedra inicial para fundar el Banco de Datos Genéticos gracias al descubrimiento del índice de abuelidad. Juntaron historias de familiares de víctimas del terrorismo de Estado para que pusieran en común sus muestras genéticas, así lograron restituir identidad a los cuerpos que la dictadura escondió tras la denominación NN. Porque decir NN es usar la palabra para hacer anónima una identidad. En cambio, llamar a cada víctima por su nombre es poner la palabra colectiva en movimiento. Es poder nombrar con verdad. Eso es lo que hace un Equipo de Antropología Forense unido a un Banco Genético de Datos. Devuelve identidades.

Primero preguntaron.

¿Dónde están?

¿Quiénes se los llevaron?

¿Por qué se los llevaron?

¿Cuándo se los llevaron?

¿De dónde se los llevaron?

Publicaron el libro Nuestros Hijos.

Allí contaron, para compartir saberes, quiénes eran sus hijas e hijos, quiénes eran sus familiares, dónde habían estudiado, dónde habían sido visto por última vez, y con quiénes y a dónde se los habían llevado.

Lo contaron para que otros supieran y para que otros que supieran contasen.

Quinientas catorce páginas. Quinientas catorce vidas. Quinientas catorce historias, contando quiénes eran ellos, quiénes eran sus madres, sus padres, sus hermanos y hermanas, sus abuelos, dónde habían nacido, dónde habían estudiado, dónde trabajaban cuando fueron secuestrados y dónde se los vio por última vez. Quinientas catorce páginas de palabras construyendo Memoria colectiva.

Y publicaron Cómo los nazis, como en Vietnam.

Y contaron sobre los victimarios y los campos y los métodos de exterminio.

Las rondas de las Madres en las Plazas de la Argentina y de otros lugares del mundo, tenían por objetivo mostrar que allí faltaban hijas, hijos, nietas y nietos. Y que todos debían saberlo y compartirlo. Y comunicarlo a otros para que todos supieran. Ahí faltaban personas. Los habían desaparecido. Y había personas, Madres, Abuelas, Hijas e Hijos, Familiares, Padres, que no dejaban de buscarlos. Que pedían Memoria, Verdad y Justicia.

Primero preguntaron solas, después preguntaron en grupo, después contaron lo que sabían, después hicieron rondas para que otros se enteraran de lo que hasta entonces no sabían. Y ahora, además de buscar a sus hijas y sus hijos, buscan a las nietas y nietos apropiados por la dictadura, y hacen teatro, música y cuentos por la identidad.

Al principio eran unas Madres que preguntaban a dónde estaban sus hijos. Hoy unas Abuelas plantan preguntas entre nietas y nietos que aún no se saben apropiados para que se pregunten ¿y yo quién soy? ¿Quién es mi familia? ¿Dónde están mis abuelas?

Los maoríes sostienen que el Pasado no está atrás. Está iluminando el Futuro.

La Memoria, que es colectiva porque la Palabra es colectiva, está en el Presente acompañando todo el camino. Siempre.

Por eso las mismas Madres que ayer preguntaban ¿Dónde están? Preguntan también hoy sobre el hoy. Por eso, en 2017, Lita Boitano, Madre de Plaza de Mayo le dice a Patricia Bullrich Luro Pueyrredón: “Ustedes saben dónde está Santiago Maldonado”.

Como entonces, los desaparecedores la miran callando y mintiendo.

Siempre conté historias. Al principio cuando repetía las que me contaba mi tía Estela a la hora de la cena en esos meses de vacaciones en ciudades de calles con nombres que no eran los míos. Después, haciendo periodismo y contando historias para que otros las conocieran. Hoy desde la narración oral. Porque soy un convencido de que la narración es un registro colectivo de Memoria. Porque soy un convencido de que la narración oral es un registro y un resguardo colectivo de la Memoria negada.

Por eso cuento. De distintas maneras. Para eso cuento. Para que la Palabra viaje por los tiempos contándole al Presente las cosas de la Memoria Colectiva.

Las Madres son hijas de sus hijos y sus hijas. Son sus búsquedas y sus reivindicaciones de un mundo distinto y mejor. La Madres y las Abuelas hoy son sus Hijos y sus Hijas y sus Nietos y sus Nietas, que son sus Madres y sus Abuelas.

Son la Memoria Colectiva que es la Palabra Colectiva que contamos.

No hay nada que me pare, tenemos que darnos cuenta que tenemos algo muy importante que es nuestro, y es la palabra. No vendamos la palabra. Y cuando hagamos política pensemos bien, porque la revolución la hacemos cuando nos levantamos. Cada mañana, cuando uno se levanta, y empieza a pensar por el otro. Esa es la verdadera revolución política de cada uno de nosotros: pensar en el otro antes que en nosotros mismos. (Hebe de Bonafini, en Comunicación Madres, 1 de octubre de 2022)

 

Bibliografía

Abuelas de Plaza de Mayo. (2001). Teatro x la identidad. Obras de teatro del Ciclo 2001. Eudeba- Abuelas de Plaza de Mayo.

Blaustein, E. (2001). Prohibido vivir aquí. Una historia d los planes de erradicación de villas de la última dictadura. Comisión Municipal de la Vivienda.

Blaustein, E. y Zubieta, M. (2006). Decíamos ayer. La prensa argentina bajo el Proceso. Colihue.

Calveiro, P. (2008). Poder y desaparición. Los campos de concentración en Argentina. Colihue.

Comunicación Madres (2022, 1 de octubre). Actividades. Las Madres encabezaron junto a Mario Secco la inauguración del Parque Madres de Plaza de Mayo en Ensenada. Madres.org [Sitio web]. En línea: https://madres.org/inauguracion-del-parque-madres-de-plaza-de-mayo-en-ensenada/ (Consulta: 15-12-2025).

CONADEP. (1987). Nunca Más. Informe de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas. Círculo de Lectores-Eudeba.

Delgado, A. (1981). 25 años de periodismo radial. De autor.

Kimel, E. (2010). La masacre de San Patricio. Página 12.

Madres de Plaza de Mayo. (1987). Nuestros hijos. Contrapunto.

Martínez de Hoz, J. M. (1998). En la primera mitad del siglo XX. Mecanografix.

Mignone, E. F. (1986). Iglesia y dictadura. El papel de la iglesia a la luz de sus relaciones con el régimen militar. Del Pensamiento Nacional.

Paoletti, A. (1996 [1987]). Cómo a los nazis, como en Vietnam. Los campos de concentración en la Argentina. Asociación Madres de Plaza de Mayo.

Mannarino, J. M. (2025, 20 de agosto). Sociedad. “Los huesos no mienten y nunca olvidan”: Los inicios y las tareas en más de 70 países del Equipo Argentino de Antropología Forense. Infobae. En línea: https://www.infobae.com/sociedad/2025/08/20/los-huesos-no-mienten-y-nunca-olvidan-los-inicios-y-las-tareas-en-mas-de-70-paises-del-equipo-argentino-de-antropologia-forense/ (Consulta: 15-12-2025).